Parque de la minería de Euskadi
La antigua Gallarta desapareció hace poco más de cincuenta años. La gigantesca mina Concha se comió el pueblo, que fue levantado a escasa distancia de su emplazamiento original. La mina, que se ha salvado recientemente de un proyecto que pretendía rellenarla de basura, resulta una visión espectacular. Un mirador, situado en el complejo del Parque de la Minería de Euskadi, se asoma a un abismo que quita el aliento. El fondo se encuentra veinte metros por debajo del nivel del mar. Cuentan quienes trabajaron aquí, que en el subsuelo se extiende una vasta red de galerías, tan grandes que cada una de ellas podría albergar una catedral entera en su interior. La visita al museo aledaño resulta imprescindible para comprender el pasado minero de la comarca. La asociación cultural que lo gestiona, ha recopilado un gran número de piezas, herramientas, maquinaria y documentación procedentes de las antiguas minas de hierro. Entre estos materiales, destacan las vagonetas de transporte de mineral y varios mecanismos de gran tamaño destinados al lavado del hierro. Completan la colección decenas de elementos de uso cotidiano en la mina, como lámparas, barrenas, mascarillas y ábacos cuenta vagones.
La Arboleda, capital minera
En el viejo poblado minero de La Arboleda todo recuerda la época en que la minería era el centro de la vida en esta comarca. Vetustas casas alineadas, algunas de madera, se alzan sobre varios lagos formados en los últimos años tras inundarse las antiguas minas a cielo abierto. Las viejas escuelas, el cine, el antiguo cuartel y el hospital son algunos de los edificios que dan a La Arboleda un encanto muy especial. El pueblo llegó a tener 24 bares, varios sindicatos mineros e incluso una banda de música con 46 maestros. Nada queda del hospital de Matamoros, donde se atendía a los mineros que se lesionaban en las galerías. Pero el pueblo sigue vivo y se resiste a sacudirse de encima ese carácter minero que lo hace tan especial. Aún queda algún bar-tienda, de esos que lo mismo sirven zuritos que venden morcillas y chorizos para llevar a casa. Pero hay que darse prisa, sus ecos se apagarán con los de una generación de antiguos mineros. Con ellos, La Arboleda perderá su espíritu ligado a la minería para pasar a convertirse en un pueblo más. Un pueblo, eso sí, donde nunca faltarán las deliciosas alubiadas que preparan en sus restaurantes y atraen a decenas de excursionistas cada fin de semana.